ARTURO PÉREZ-REVERTE: “El lector que lee Alatriste comprende España”

revertePequeñoArturo Pérez Reverte (Cartagena, 1951) es uno de los escritores españoles con más reconocimiento internacional. Ha escrito casi 30 novelas, es miembro de la Real Academia Española y columnista en XL Semanal. A pesar de ser un personaje polémico, es innegable que su Capitán Alatriste ha enseñado a leer a más de una generación de españoles.

En esta entrevista nos explica cómo ha llegado hasta aquí: sus influencias literarias, su pasado como periodista y por qué se debe leer para llevar una vida mejor.

 

PREGUNTA: Usted ha fundado Zenda [nota del editor: la entrevista se produjo hace dos años], un espacio donde conversan artistas, lectores o editores. ¿Cree que los escritores y los intelectuales deberían agruparse con más frecuencia y crear plataformas culturales como la suya?

RESPUESTA: Hay dos tipos de hombre en el mundo de la cultura: el apóstol, que cree que hay que salvar a la humanidad, y el artista, que hace el arte y luego si la humanidad se salva bien, pero no es cosa suya. Ese soy yo. Yo no escribo para hacer mejor el mundo o para que la gente sea más feliz. Yo escribo porque me lo paso bien, gano pasta y es un mundo en el cual estoy a gusto. No se trata de que el artista deba o no deba involucrarse. El que es egoísta, ególatra, cerrado en sí mismo o asocial puede ser tan buen artista o más que el otro. El arte como utilidad está bien, ya decían los clásicos que lo útil es bello, pero es cierto también que lo bello es útil.

¿Cree que parte de su éxito se debe a la combinación de la lectura de los clásicos con las estructuras de los best-seller norteamericanos de los años cincuenta y sesenta?

Yo tuve mucha suerte como lector porque crecí en una casa con biblioteca grande. Mi abuelo tenía una biblioteca de las clásicas: Balzac, Tolstoi, Dostoievski, Conrad… Pero tenía una abuela que era muy lectora de novela moderna. Leía narrativa policíaca americana: Irving Wallace, Frank Slaughter, Frank Yerby… Allí leí muchísimo best-seller americano con los que no descubrí la literatura nutritiva, sino la forma de contar historias y atrapar al lector: lecciones de cómo empezar un párrafo, cómo terminarlo o cómo cortar un capítulo y hacer que el lector siga queriendo pasar las hojas. En definitiva, aprendí las técnicas del best-seller que son muy buenas, muy útiles y muy importantes. Mi manera de contar la extraje de una combinación de fondo clásico unida a esa otra literatura operativamente moderna. Por eso en mis novelas coexiste el mundo más reflexivo con fórmulas muy americanas.  Quizás ha sido esa combinación lo que ha hecho que mi público sea tan amplio.

¿Falta hoy día una mayor lectura de los clásicos?

Hay una cosa que es muy importante para un escritor: la formación. Yo tuve la suerte de tener una preparación buena y eso se nota en la obra. La gente, aunque no lo vea, lo huele, lo intuye. Un escritor joven lo primero que necesitaría es nutrirse de los clásicos griegos y latinos. ¡De ahí venimos! Los grandes mitos y los grandes temas: la mujer, el adulterio, el hijo no querido, la muerte, el viaje, el regreso… Después El Siglo de Oro: Quevedo, Lope, Calderón, Cervantes… Ahí es donde un escritor español aprende a afilar la espada, donde coge las herramientas técnicas, el vocabulario, el lenguaje y la riqueza. A ese poso clásico se añaden unas herramientas técnicas y un aprendizaje del manejo de la lengua. Y después, la gran novela del XIX y XX: Balzac, Galdós, Tolstoi, Dostoievski, Conrad. Aquellos que enseñan a estructurar una novela.

Con lo cual, un joven escritor que no ha leído a Homero, ni a Quevedo ni a Thomas Mann ni a Balzac se puede ir a hacer puñetas, porque no tiene nada. Que ni se moleste. Por muy listo que sea y mucho talento que tenga, no tendrá las herramientas, la educación técnica ni la formación intelectual suficiente para poder contar novelas como dios manda. Aunque fuese una novela contra todo eso, aunque después se dedique a romperlo. Picasso llegó a ser lo que es siendo primero un pintor extraordinariamente clásico. Después fue rompiendo ese clasicismo, pero hasta para romper primero se debe conocer.

En su obra hay tres arquetipos. El héroe que, como le define usted, es un soldado en territorio enemigo: solitario y triste como Faulques, Pepe Lobo o incluso Alatriste; el malo, como Raposo y Malatesta; y la mujer, que la define usted como más lúcida: Tánger o Mecha. ¿Cuál de los tres se acerca más al concepto revertiano?

Lo revertiano es un territorio: todo es revertiano. Hay escritores que construyen su mundo narrativo a base de lecturas o de imaginación. Otros tenemos la suerte de que podemos añadir vida. Este territorio está hecho de mis viajes, mis guerras, mis amores, mis odios, mis filias, mis canas… Por ello, todos los personajes tienen un parentesco y son consanguíneos, pero los desarrollo según las necesidades. Hay novelas que me exigen un personaje más revertiano, es decir, que tenga de los ingredientes más manifiestos; otras me piden menos. Una novela es un artefacto que se construye con herramientas y los personajes son una más. En ese sentido no podría decirte si Alatriste es más revertiano que Pepe Lobo. Todos lo son. Pero según el territorio en el que estoy contando, la dosis es mayor o menor. Por ejemplo, en la Tabla de Flandes aparece un personaje, César, que es homosexual. Teóricamente mis personajes son tíos muy machotes, no son homosexuales. Pero no. Porque ese personaje es muy revertiano por la lealtad, las ideas, su disposición a matar… aunque sea homosexual. Es tan revertiano como puede serlo el capitán Alatriste.

Sobre ese héroe revertiano, usted muchas veces explica que el suyo es un héroe más parecido a Ulises que a Aquiles. Y es extraño porque, al menos en la actualidad, la gente prefiere un héroe invencible como Aquiles.

Sí, pero yo no. Yo escribo por mi placer y a mí la vida me ha quitado la inocencia. Cuando tenía veinte años podía ser Aquiles, pero ya no puedo. Ahora soy Ulises. Yo he estado en Troya, he degollado a troyanos dormidos, me he follado a las mujeres de los troyanos en la cama donde estaba la sangre de sus maridos, he vuelto con la sangre en las uñas… Tengo un concepto muy malo del ser humano. El ser humano es un cabrón con pintas. La vida luego te hace manifestarlo o no, pero lo eres. Y en mis novelas se transmite esa fatiga.

En cuanto Alatriste, más allá del personaje, se ha convertido en un arquetipo de la sociedad española. ¿Cómo se consigue técnicamente no desgastar a un personaje durante siete libros?

He dejado de hacerlo porque he visto que se estaba desgastando. No para el lector, sino para mí. Todo personaje de serie tiene un desgaste. Alatriste es un personaje muy potente, que explica muchas cosas. El lector que lee Alatriste comprende España muy bien, para eso lo escribí. Tú lees Alatriste y sabes por qué somos así. Somos como somos porque fuimos como fuimos. Esa función social o de tipo didáctica está cumplida ya, con siete novelas basta. Cuando vi que estaba repitiéndome a mí mismo, paré. Pero estoy muy contento,  Alatriste es mi mayor satisfacción. ¡Está en los colegios! Que mis sobrinos y mis nietos me digan “ese libro es del abuelo” me hace una ilusión tremenda.

Usted ya ha citado algunos autores, como Galdós, que le interesaron durante una época de su vida pero que ahora le aburren… 

¡Pero no por culpa de ellos!

Sin embargo, otros autores como Conrad nunca se ha cansado de leerlos. ¿La obra de Pérez-Reverte qué tal va a envejecer?

Hay autores que han sido fundamentales durante tu adolescencia pero que a los veinte ya te han dado todo lo que te tenían que dar. No porque sean malos, sino porque ya te han llevado por donde te tenían que llevar. Otros autores sí que envejecen contigo y te acompañan. Me pasa con Conrad, pero ya no me ocurre con Dumas, ni con Stendhal ni con Galdós. Yo tengo una ventaja grande. Al tener una obra tan dilatada, tengo desde un libro elemental y divertido como La sombra del águila o Cachito a libros gamberros, novelas complejas como Hombres buenos o de aventuras como La Reina del sur, La carta esférica, Alatriste…Tengo un libro para cada momento. Por ejemplo, Hombres buenos puedes leerla con sesenta años. De hecho, ¡la entiendes mejor con esa edad! Pero todos caducamos como los yogures. Al final, el lector es el lector, una vida que se va moviendo. Y no puedes seguirle. Encontrará otras cosas que le llenarán más que mis libros. No tiene nada de dramático ni de trágico. La vida es así.

Como aquello que decía Patrick O’Brian de que es mucho más importante el contenido de la obra que el autor. Es decir, el escritor no importa.

¡Claro! O’Brian era un tramposo, un tío que mintió y se puso un nombre que no era el suyo. Pero como escritor era inmenso. ¡Inmenso! Nadie ha hecho una serie de novelas navales como la suya. Por eso, es muy importante no conocer al autor. Yo siempre lo recomiendo.

Usted no querría conocer a Thomas Mann.

Lo decía con todos, pero es que Mann era un pedazo de capullo. Siempre digo que es un error acercarse demasiado al autor porque puede caer bien o mal. Y si cae mal resulta que ya no lo lees igual. Al final lo que cuenta de un autor es su libro. Si la obra es buena… ¡Es buena!  Siempre hay que separar vida y literatura.

Centrándonos en el proceso de escribir, ¿Alguna vez se ha planteado cambiar el género?

Bueno, cada domingo hago una columna en el XLSemanal y ahí escribo de todo.

La pregunta iba dirigida más a si alguna vez usted ha escrito poesía o teatro.

Soy de poesía, pero no soy lector de mucha poesía. Me gusta mucho Quevedo. Es el mejor poeta español de la historia, por encima de cualquiera, de Miguel Hernández o de Machado que son inmensos. Mis cuatro poetas de cabecera son Quevedo, Hernández, Machado y Jorge Manrique. Las Coplas a la muerte de mi padre es lo mejor que se ha hecho en la literatura española probablemente. Esos versos son extraordinarios tanto por la forma como por el contenido. Quevedo es fundamental. Al leer un soneto de Quevedo parece que habla de la España actual. Nadie entendió este país como Quevedo. Y el lenguaje es extraordinario. Fuera de esos cuatros grandes poetas, aunque haya otros que me gusten, a ninguno de ellos le pongo a la misma altura. Me gustaría aclarar que a mí los poetas me gustan por el concepto, no tanto por la forma, sino por lo que tienen dentro. La forma poética no me importa. Me seduce, me gusta… pero un poeta que hace magníficos versos y no dice nada, un poeta surrealista, dadaísta… para mí no tiene el menor interés, con todo el respeto.

La estética no le importa.

Claro, es como las canciones. Yo no soy muy musiquero, pero a mí me gusta la copla, el tango y el bolero porque me cuentan historias. Ojalá pudiera hacer eso yo, contar mis historias en tres minutos de música. Me gusta que me cuenten historias. ¿La forma? Poesía, canción, novela, relato… me da igual. Por eso aquel poeta que es más intimista, intuitivo o más hermético no me interesa. Lo respeto y pienso que es bonito, pero no me produce ningún tipo de emoción sensible.

¿Nunca, ni siquiera en la intimidad, ha pensado en componer unos versos?

En mi vida he hecho seis poemas que yo recuerde. Que nunca han salido a la luz. ¡Ni saldrán a la luz! (risas). Estaban escritos para mujeres, era demasiado joven.

Parafraseando a Ivo en El pintor de batallas, ¿nada de lo que escribe usted es por remordimiento o expiación? 

El pintor de batallas es una novela, es ficción y es mentira. Lo que pasa es que está sostenido en hechos reales, el 80% de lo que se cuenta es real. Yo no tengo remordimientos. Tengo fantasmas, como todo el mundo. Hay cosas que hice mal, sobre todo en la época que estaba en la televisión. Por entonces vendías a tu madre o a tu hermana con tal de transmitir y salir en primera, lo que hubiera a tu alrededor no te importaba. Generaba una especie de indiferencia técnica hacia el lector. Útil, porque si no no habría sido buen reportero, sería una hermana de la Caridad o de Médicos Sin Fronteras. Ayudar a la gente es otro trabajo distinto. Eso sí, mirar el reloj tanto me hizo no fijarme en las personas. Hubo gente a la que no ayudé y a la que dejé atrás porque tenía que retransmitir. Yo recuerdo a esos niños, a esas mujeres o a esos ancianos y me siento mal, triste y amargo porque no los ayudé o no pude hacerlo. Pero mi trabajo era contar lo que estaba pasando, era mi única forma de ayudar. Es un tema que los reporteros siempre discutimos cuando nos tomamos una copa. Tengo fantasmas y quizá también remordimientos, pero nunca me quita el sueño.

Decía Houellebecq que para escribir hacen falta altibajos. ¿A usted le ocurre?

No. Cada escritor es un mundo distinto. Hay algunos, como yo, que somos muy lineales. Otros que necesitan deprimirse para escribir. Otros como Javier Marías que son unos agonías y siempre están diciendo: “No sé si voy a terminar la novela” o “No sé si lo haré”. A mí no me ocurre. Eso de la angustia como móvil creativo puede ser positivo, pero otras veces te impide crear. No hay una norma. En mi caso yo soy de los estables, necesito estar sereno, tranquilo.

Usted planifica la elaboración de sus novelas mediante esquemas. ¿Nunca ha improvisado y ha acabado escribiendo una novela distinta a la pensada inicialmente?

Trazo un plano que cumplo disciplinadamente, pero siempre dejo un margen razonable a la improvisación para los capítulos que puedan surgir. Un 30% de mis novelas queda sujeto a situaciones que voy descubriendo mientras escribo el libro. Durante el desarrollo de la novelas se van abriendo puertas por las que me interno que no había visto al principio.

El final de un libro, ¿está planeado desde un principio?

El final suelo tenerlo previsto. Yo soy marino, paso mucho tiempo navegando. Para navegar ahora existen aparatos como los plotter y esas boberías, pero cuando empecé todavía se empleaba el sextante para tomar la posición y aún no se aplicaba el GPS. Entonces había que planificar el viaje estableciendo una ruta, unos horarios y unos paisajes por los que ibas a ir pasando hasta llegar a tu destino. Después de hacer todo lo planificado, el día establecido a la hora calculada mirabas por los prismáticos y, de pronto, veías una luz a lo lejos. Contabas con el cronómetro el número de ocultaciones y destellos y, tras consultar la carta de faros, confirmabas que habías llegado a tu destino. Llegar al punto que trazaste al salir es muy hermoso y agradable, seas marino o escritor. Cuando escribo, el faro lo tengo ya localizado y hay veces que sé hasta las palabras exactas con las que quiero terminar el libro. Esto me ocurre muy a menudo, pero no siempre. Me pasó con La carta esférica, Tango de Guardia Vieja, Los hombres buenos… Otras veces llegas y dices: “¡coño, si este es el final!”. Me sucedió con la redacción de Cachito: un asunto de honor. Es un relato corto y cuando lo estaba escribiendo, de pronto, en la escena en la que el protagonista se enfrenta a su enemigo con una navaja, dije: ¡Ah, pero si he llegado al final! No tuve siquiera que contar la pelea porque sabía que ya había terminado.

En cuanto al lugar y al momento, ¿cuáles son las condiciones idóneas para que Pérez-Reverte escriba?

Siempre escribo por las mañanas en mi casa. Si no estoy ahí, solamente corrijo. Las correcciones las hago sobre manuscrito y, después, paso todos los cambios al ordenador. Yo necesito escribir en la bodega de libros de mi casa porque no hay ruidos, ni nadie que me moleste. Trabajo más o menos hasta las tres de la tarde durante todos los días de mi vida, menos aquellos en los que estoy navegando. Siempre escribo en silencio, sin música ni nada que me incite a la distracción.

Usted ha dicho que cuando alguien termina de escribir no tiene que enseñar su trabajo nunca a nadie que le quiera. 

Claro, eso yo no lo hago jamás. Quienes te quieren no te dicen nunca la verdad. No hay que enseñárselo a nadie de tu entorno, a no ser que te quieras follar a una chica. ¡Entonces lo entiendo! El que no te aprecia siempre será mucho más sincero en la valoración de tu trabajo.

¿Usted sabe cuándo ha escrito algo de calidad?

Sí. La primera fase de valoración es de uno mismo y hay que asumirlo con dos cojones. Otra cosa es que cuando la novela ya está hecha, la empieces a enseñar. Entonces sí te interesa saber qué dicen de ti el crítico y el editor. Decía Raymond Chandler que el escritor no tiene más que sus cojones. Un escritor solamente tiene las ideas de su cabeza y una máquina de escribir o un ordenador. Con esas dos herramientas debe convencer a la gente de que esa historia es interesante, buena y, por supuesto, de que se gaste el dinero para que él pueda vivir de ello. Entonces, solo tiene su imaginación y sus cojones. No tiene nada más. Escribir de verdad es muy duro. Todos los días, tengas o no tengas ganas, tienes que vivir sabiendo que todo lo que haces (comer, beber, reír…) vale para la novela. El escritor de verdad vive todo el tiempo, hasta mientras duerme, pensando en qué va a escribir al día siguiente. Eso es un esfuerzo tan duro… Oriana Fallaci, amiga mía en la Guerra del Golfo, me decía: “Arturo, escribir mata más que las bombas”. Y tiene razón, supone un destrozo físico muy importante. Durante el proceso de escritura estás en soledad, con tu bolígrafo y tu papel, sin ningún espejo que te diga qué bonito eres. Eso se traduce en un año o dos años de tu vida. A mi edad, ese tiempo es oro puro. Por eso yo admiro tanto a los escritores. Hasta ser mal escritor es muy duro. Hay escritores profesionales que son mediocres en su oficio.  Nunca hablo mal de los escritores, salvo que se metan conmigo.

¿Por qué es importante leer?

Como he dicho antes, a mí los apóstoles no me gustan. Que lea la gente me importa un carajo. Yo leo y tengo libros. Pepe Perona, catedrático de Literatura en Murcia, decía en una conferencia: “No leáis, no merece la pena. Si leéis vais a ser bichos raros. Follad con vuestras novias. No vayáis a bibliotecas que me pegáis los chicles en las mesas. Dejadme tranquilo. La lectura no produce más que infelicidad a los tontos y, como casi todos sois tontos, no vais a ser felices”. Sin llegar a ese extremo de caricatura, le doy la razón. Quien quiera que lea, aunque lo que haga la gente me importa una mierda. Lo único que me preocupa es que al no haber lectores se publican menos libros, pero que la gente sea más culta me importa un carajo. Yo escribo para mí, para mis amigos, para la gente que quiero y para mis lectores. En ese sentido, no estoy dispuesto a hacer ningún alegato a favor de la lectura.

Pero… te diré una cosa: hay que ser imbécil para, pudiendo ser soldado de Napoleón, guerrero en las Termópilas, prisionero de Zenda, pudiendo follarte a Milady en Los Tres Mosqueteros, viajar a la luna con Verne, ser pirata en el Caribe, ser un viejo homosexual músico en Venecia o ser un Miguel Strogoff… ¡y no hacerlo por diez putos euros en la cuesta de Moyano! Un libro te permite ser todo eso en tu casa, sólo con pasar las páginas. Hay que ser idiota para teniendo la posibilidad de vivir mil vidas que nunca vivirías ni de coña en la mierda de vida que llevas, desaproveches esa oportunidad. No animo, ¡desprecio a aquellos que no leen! Por ejemplo, esa mujer que está todo el día planchando en su casa, esperando a que el marido, que es una mala bestia, se la folle los sábados. Con sólo abrir un libro ¡es Heidi!, ¡es Sisí Emperatriz! ¡o es La Reina del Sur! ¿Qué mejor compensación por una vida mediocre o frustrada que un buen libro que te haga soñar? Ese es el argumento, pero allá cada cual.

 

Entrevista realizada en mayo de 2016
Autores: Carlos Barragán, Ángel Plasencia y Gonzalo Sevilla
Ilustración: Susana García