MANUEL JABOIS: “El principal mérito de un escritor es no poner deberes a sus lectores”

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Manuel Jabois Sueiro (1978, Sanxenxo) es un periodista y escritor español. Es conocido por sus columnas y crónicas. La entrevista se produjo en su casa, durante hora y media, con juguetes de niño por el suelo.

 

Si hay algo característico en la mayoría de los libros y columnas de Manuel Jabois es la omnipresencia del yo. ¿Es una herramienta a la que recurre con facilidad?

Salvo en el último libro y salvo en los reportajes. En otras ocasiones la uso con naturalidad, cada vez menos para desesperación de algunos lectores a los que entretenía más mi vida que lo que se concluía de ella. El otro día una voz muy autorizada decía que los escritores debíamos evitar hacer públicos nuestros gustos, nuestras influencias y nuestra visión del mundo. En fin, podría hablar de los del vecino, pero sería jugar a la ruleta. Si escribo una novela, me resulta mucho más fácil ambientarla en Sanxenxo que en Boston. Entre otras cuestiones por falta de interés y de talento. Yo intento escribir de lo que sé, de lo que vivo y de lo que entiendo, y si eso ya es poquísimo, imagina si tengo que hacerlo de lo que saben o entienden los demás. De cualquier modo, mi vieja primera persona tiene mucho que ver con mi interés por ridiculizarme.

Dar épica a momentos irrelevantes es lo que consigue hacer tanto en Irse a Madrid como en Manu o Grupo Salvaje.

Sí. Ese recurso lo utilizo mucho. Me resulta muy fácil dar épica a los actos cotidianos. Es una técnica de «tío de Pontevedra», pero vale de cualquier otro lado. Allí no tienes grandes guerras que contar, por lo que cualquier suceso hay que explicarlo como el gran acontecimiento del siglo. Pero también me pasa en Madrid. Hace unos días en las escaleras mecánicas del metro vi que tenía una zapatilla sin atar, así que me agaché para hacerlo, pero la escalera se acababa, podía acabar engullido por esa máquina infernal así que el proceso de atarme los cordones lo hice con la música de Misión Imposible en la cabeza. En fin, cada uno justifica su presencia en el mundo con lo que puede.

¿Abordar la realidad de forma irónica es una manera de marcar distancia?

No lo sé. La columna generalmente es un espacio que siempre ha pertenecido a grandes nombres aficionados a dar puñetazos sobre la mesa. Pero yo no tengo ninguna vocación de trascendencia. No aspiro ni a que me hagan caso. He empezado muy joven y de manera muy estrafalaria a escribir columnas: había que llenar una página y yo pasaba allí. No me lo tomo a broma porque sería una falta de respeto, pero mi filosofía es: «Os cuento esto, pero no lo toméis muy en serio porque no estoy seguro». Dudar me ayuda muchísimo, especialmente cuando hago opinión, porque me acerca al lector, que está acostumbrado a leer verdades escritas por grandes señores. Al mostrarme indeciso la gente puede conectar más, o al menos la gente que a mí me interesa, que es la que no tiene todo muy claro.

¿Cree que el resto de escritores y periodistas también son gente insegura?

Los habrá más o menos inseguros, pero es normal vacilar cuando opinas. Hay ocasiones en las que estás demasiado enfadado y se te va la mano o te pones de un cursi insoportable. Hay momentos en que crees que estás escribiendo una maravilla y al día siguiente no sabes dónde meterte, y otros en los que escribes contrarreloj de lo primero que se te ocurre y al día siguiente eres lo más leído. He renunciado a entender nada.

En El País no se atrevería a escribir una columna como las de Irse a Madrid

No, pero es que esas no se atrevían a publicarlas ni en Diario de Pontevedra.

Nos vemos en esta vida o en la otra es un libro completamente diferente. ¿Desde el principio tenía pensado hacer el libro con ese enfoque, es decir, contando la historia del 11-M desde la perspectiva única de El Gitanillo?

Siempre lo quise hacer así, aprovechando que tenía como fuente a alguien que había conocido a los terroristas, bajado con ellos a la mina y llevado la mochila con los explosivos. Convencerle para que me diese su testimonio fue difícil. Estuve un año hablando con él por teléfono creando un vínculo de confianza. Mantuve el contacto para que fuese yo el primero en quien pensase cuando se decidiese a contar su testimonio. Sé que había más periodistas detrás de él.

¿Cómo se enfrentó a la narración de esta historia? Prefirió usar una prosa despojada de todas las herramientas que utiliza normalmente.

A mí me gusta la prosa limpia. Lo que no voy a hacer nunca es escribir un reportaje como un ejercicio de estilo. Para esas cosas tengo al Real Madrid. A mí lo que me interesaba como periodista era hacer el viaje con el protagonista, es decir, saber a qué horas llamó, cómo estaba vestido, quién estaba en el autobús, qué hacía El Chino cuando iban en coche, etc. Intento meterme dentro de la acción y reflejarla de la manera más realista posible. Yo ya sé que no existe la verdad absoluta, pero no por eso vas a renunciar a acercarte lo máximo posible. En la minuciosidad con los detalles trasciende la idea de que el lector observe qué le ocurrió a ese chaval antes del 11 de marzo de 2004, pero sin ser yo quien entre en el relato y saque una conclusión. Mucha gente echa de menos alguna metáfora para ilustrar mejor determinadas escenas, pero hacer literatura ahí era muy difícil. No me refiero a hacer ficción, sino a buscar el impacto a través de las herramientas de las que hablas. Por ejemplo, podría haber escrito que en el momento del accidente del coche se escuchó un ruido como de trenes caídos del cielo, es decir, querer gustarme y querer gustar al lector, pero esto no iba por ahí. Pensaba hacer un tipo de reportaje con el que, en cierto modo, decepcionase al lector que está acostumbrado a mi tono distanciado o irónico. Me lo dijo Juan Tallón: “Intenta hacer algo que despiste a la gente”.

Precisamente Tallón nos habló de la importancia que tiene renovarse para un escritor. 

Juan me lo sugirió cuando estaba escribiendo Manu. Despistar me parece muy importante. Y decepcionar también es bastante interesante. En los libros no, claro. Pero en las columnas a veces es lo mejor que te puede pasar. Contentar todos los días a los de siempre y recibir siempre los mismos palos no es que sea un coñazo, es que además es antinatural. No puedes escribir 200 días al año y tener al mismo señor debajo aplaudiendo y diciendo que le has clavado el pensamiento: o sea, sois una pareja de tarados.

Me recuerda a la versión que defiende Arcadi Espada sobre el periodismo: un periodista no puede ni debe inventarse lo que se le pasa por la cabeza al protagonista, aunque no modifique la historia.

Me gusta saber todo lo que el testigo me puede dar: qué vestía, cómo se llamaban entre ellos, qué jerga utilizaban. Yo escribo hasta donde es accesible para mí. Me parecen ridículos quienes incluyen en sus reportajes las intenciones de terceros, sus pensamientos y dobleces psicológicas o cualquier tipo de tortura que pueda tener el periodista en la cabeza y quiera expulsar a través de los personajes. Esto es un recurso muy utilizado en el periodismo que evito, entre otras cosas, gracias a Arcadi.

Es decir, todo lo contrario a lo que hace Truman Capote en A sangre fría.

A sangre fría está atravesada por la acción de Capote. El periodista se introduce como un personaje más que mueve la historia con sus actos. Es como si yo me meto en la preparación previa del 11-M de testigo y empiezo a mover la trama a mi antojo o como si seduzco a El Gitanillo para sacarle información. Ya no me contaría a mí la historia como a un periodista, sino como a un enamorado. Estaría todo manchado por los sentimientos.

¿Es sencillo cambiar de registro, despistar al lector?

No es fácil porque mucha gente va a leerte buscando algo concreto que le gusta de ti. Un tipo que acaba de leer Manu y se va a buscarme a EL PAÍS me encuentra escribiendo del PP: cómo no se va a decepcionar si acaba de dejar en la cuna a un bebé precioso y se encuentra en otra cuna a un señor de barba y puro. Pero no quiero dármelas de huraño, que no lo soy. A mí me interesa conectar con el público. Muchísimo. No tengo ninguna voluntad elitista de estar en mi artículo con mis juegos de palabras y mis historias, no lo hago en el periódico desde hace mucho tiempo. Lo que me gusta es que el lector de Manu me busque en otras partes y se quede. Para bramar si quiere, pero se quede. Una cosa es que te guste decepcionar a tu lector y otra que renuncie a ti. Por eso es imprescindible argumentar y no llenarlo todo de adjetivos.

¿Le gustaría escribir un best-seller de los de ahora?

De los de antes, mejor, que son los que sobreviven. Conozco a novelistas que escriben pensando en la fracción de edad a la que se dirigen. Para ellos no es ninguna perversión, viven de la literatura y viven de puta madre. Dicen con naturalidad: «Ahora tengo que escribir una novela dirigida a mujeres de 35 a 45 años y construir una trama de un tema de moda». Sus obras no son fruto de la inspiración, sino que surgen de análisis comerciales. También hay que tener talento para eso. Hay editoriales que les dicen: «Necesitamos una historia sobre templarios». Ellos se documentan, crean dos personajes y hacen una historia de amor de las de toda la puta vida.

¿Le han propuesto algo así?

¿Si me han propuesto vender 200.000 ejemplares? Probablemente, pero no me he enterado. Me suelen proponer libros que vendan menos de 2.000 ejemplares, cosa que agradezco porque se me dan muy bien.

¿Cuánto le ha influido Camba?

Mucho en su momento, y mucho sobrevive ahora. Mi problema es que soy muy influenciable. Y el problema de ahí fuera es que se etiqueta a la gente continuamente y se le mete en influencias, grupos y generaciones disparatadas atendiendo a que nacisteis en Galicia, que escribís en el mismo periódico o que sois del mismo equipo.

Esto es de un prólogo de Muñoz Molina sobre Camba que se asemeja bastante al perfil de Manuel Jabois:

«Una diferencia, a favor de Camba, es que él no se pone tremebundo o poético, ni siquiera serio. Probablemente vivió con la melancolía paradójica del humorista, que viene de saber que en su éxito está escondido su fracaso, porque al provocar la sonrisa y la risa, que es lo que busca, no ganará el respeto pleno por su arte, ni siquiera entre quienes más lo celebran, y precisamente celebrándolo lo hacen menos».

Estoy más influenciado por ese espíritu de Camba que por su estilo. Hay muchos caminos para llegar al reconocimiento, si lo quieres. Yo no necesito más reconocimiento que el de vivir del periodismo. Soy totalmente ajeno a ese rollo de academias y etiquetas intelectuales. Hasta que llegué a El Mundo y a Madrid con 34 años estaba fuera de este mundo; no por una vocación de lobo estepario, sino porque  apenas tenía un par de amigos periodistas y no tenía ningún contacto, cosa que me ha venido muy bien porque no hay deudas que pagar. Por lo tanto, no hay absolutamente nada que me relacione con este mundillo que toco de forma tangencial. Me interesa vivir de lo que escribo y si puede ser cómodamente, mejor. No me gusta este rollo de que me traten como a un sacerdote y tampoco como prescriptor, teniendo en cuenta lo poco que leo. No pertenezco a la tradicional categoría de ‘columnista de El País’, es decir, un intelectual, y de hecho lo que mejor hago, y lo que hago más a menudo, son crónicas y reportajes. Hay gente que me pregunta por mi proceso de escritura: me pongo delante y ya. Sale porque tiene que salir, porque empecé a hacerlo en un periódico a los veinte años con unas horas de cierre del demonio y ya está.

¿Talento innato?

No, no es un talento que yo tuviese con 24 años. No nací con él. En absoluto tenía talento. Mi primer libro, A estación violenta, lo escribí durante nueve años y no sé cómo. Lo cojo ahora y lo mejoro muchísimo. No sé si por haber leído más desde entonces o por haber escrito mucho más de lo que leo.

Pero acaba de decir que no lee mucho.

En los últimos meses creo que he leído, enteros, un total de tres libros.

No me lo creo. 

Leo bastante, pero me cuesta acabar, sobre todo las ficciones. Hojeo las cincuenta páginas primeras páginas y lo dejo. Estoy en crisis, eso es oficial. Y escribo todo el día. Cuando empiezo a leer un libro estoy todo el rato buscando recursos que yo pueda utilizar: apunto, paso las páginas y cuando ya tengo dos o tres ideas, lo dejo y busco otro libro. Es deprimente. Sí, igual exagero con lo de los tres libros, pero no pueden ser muchos más.

Se va a por tabaco a la calle. Nos quedamos solos en su casa, mirando el escritorio y la pequeña biblioteca. Tiene libros de Coelho y de Kafka juntos. «¿Se os ocurre algo más kafkiano?”, dice.

Usted mismo dice que sus padres ni siquiera tuvieron el valor de separarse. ¿Cómo recuerda su infancia?

Bueno, lo de mis padres es una ironía. Mi infancia la recuerdo como una etapa muy normal. Estaba siempre en casa, bastante solo con mis juegos y mi mundo paralelo. Leía el periódico. La Voz de Galicia. Diario de Pontevedra los fines de semana, porque mi abuelo trabajaba como corresponsal del pueblo.

Ha dicho que sus padres no leían. ¿Con su abuelo ocurría lo mismo?

Mis padres leían y leen mucho, lo que no han hecho ni hacen es leer a Dostoievski. Quiero decir: no pertenezco a una tradición familiar que me haya recomendado fervientemente leer a estos o aquellos. Pero fíjate lo que hicieron sin tener interés en los clásicos: gracias a Círculo de Lectores llenaron el salón de rusos. Y yo, no todos, pero sí leí mucho de ellos. Ya en casa de mis abuelos sí que no había nada. Uno de ellos hasta lo que escribía lo hacía gratis.

Pero cuando usted le coge el testigo se profesionalizó, ¿no?

Sí, se profesionalizó. 50.000 pesetas en negro, yo pagaba la gasolina. Año 1998. Y los que empiezan ahora no están mejor.

¿Entonces?

En aquella época empecé a leer más. Tuve dos momentos de lectura compulsiva: en los veranos de la infancia, que me leía todos los libros de Los Cinco, La isla del tesoro, etc.; y en mi etapa universitaria, que decía a mis padres que me iba a la facultad y hacía tiempo leyendo en la biblioteca. Recuerdo pasármelo muy bien con Sherlock Holmes, la traducción de Cortázar de Allan Poe, Simenon.

Y también fue la etapa de la Generación Perdida.

Me encantaban Hemingway y Fitzgerald [vuelve a bostezar]. El primero es muy sencillo, que es lo más difícil; el otro escribe tal y como me gustaría escribir alguna vez.

Faulkner recriminó a Hemingway que no había conseguido que nadie se levantara nunca a buscar una palabra en el diccionario. ¿Qué opina?

El principal mérito de un escritor es no poner deberes a sus lectores. Aunque la lectura también facilita el aprendizaje de vocabulario. Yo pienso que cuantas más palabras conozcas más libertad tienes para provocar un efecto en el lector. Pero también creo que una cosa es conocerlas y entenderlas, y otra, usarlas a discreción. Y yo prefiero llegar a ese momento impresionante en la vida de un escritor que consiste en llamarle ‘casa’ a una casa.

Ha dicho que le gustaría escribir como Fitzgerald. Su primera novela A estación violenta evoca el ideal de La Generación Perdida, concretamente a El Gran Gatsby.

Mi primera y última novela es una novela en gallego que nunca se debió de traducir al castellano y que bastante penitencia hemos tenido todos escribiéndola en gallego.

La referencia a Daisy Buchanan en la figura de la protagonista del libro, Claudia, ¿es cierta? 

Sí, yo quería construir un personaje femenino parecido. Tuve una época en la que pretendía sobrevivir a toda costa de El Gran Gatsby.

¿Y cree que queda algo de ese Jabois que escribió La estación violenta?

Nada. Es un libro repleto de pretensiones y ambiciones estúpidas. El primer párrafo me parece que es lo único que se puede salvar [lo cita de memoria] . Yo quería escribir una novela como El Gran Gatsby. Sigo queriendo hacerlo, aunque creo que al final la acabaré copiando.

Cuenta en Manu que cuando comenzó a trabajar en Diario de Pontevedra sabía quiénes eran sus lectores y sentía cierta vergüenza.

Escribía cafradas, muchas de ellas censuradas por cafre y otras por política; Fraga me congeló un tiempo con la sutileza de ‘este chico está escribiendo demasiado, debería descansar’. Tenía menos vergüenza y hacía muchísimo más el ridículo, pero lo disfrazaba mejor porque me perdonaban muchas cosas debido a mi juventud. Había condescendencia por parte de unos y acusaciones de caradura por parte de otros. Todos tenían razón sobre mí, como siempre. Sigue pasando.

¿Cree que han sido útiles los 15 años de periodismo local para enfrentarse a su trabajo actual en El País?

Han sido fundamentales. En Galicia aprendí a escribir a contrarreloj, a preparar una crónica o un reportaje, a escribir una columna, etc. A fijarme en todo, a mirar cada detalle, a describir y a escribir. Al fin y al cabo, en El País estoy haciendo lo mismo. Yo tuve mucha buena suerte en llegar a un diario nacional de la forma que llegué, pero la verdadera buena suerte fue hacerlo tan tarde. A mí me traes con 24 años a Madrid a trabajar en El Mundo o El País y me pierdo. Porque me conozco, me pierdo. Y una cosa es perderse a dos calles de casa de tus padres y otra hacerlo en una ciudad que no conoces y que no respetas.

¿Es peligroso que un escritor triunfe demasiado pronto?

Depende de lo que consideres triunfar y de lo que tengas en la cabeza. Generalmente es peligroso triunfar siempre. Demasiadas tentaciones para no acabar siendo un gilipollas.

¿Cree que hay una exposición demasiado alta en los medios de comunicación de los periodistas y escritores?

Sí, demasiado. Yo estuve en la televisión una hora a la semana durante un año y me reconocían como si llevase un siglo; he reducido mi presencia al mínimo. La radio me encanta y, además, como soy muy lento aprendiendo, sé que tengo margen para hacerlo mucho mejor. También es cierto que todo conduce a que la gente conozca tu trabajo. El otro día en la Noche de los libros se me acercaron unas cuantas personas sorprendidas de que escribiese: sólo me conocían de la radio. La radio tiene una audiencia que no tiene el periódico. Yo, evidentemente, soy un animal de periódico, todo lo hago en clave de prensa escrita: es mi vida. Pero la radio tiene algo que no tiene ningún medio de comunicación: se mete en tu casa, en tu coche, en tu cama, de una forma tan natural que cuando se va un locutor te arrancan un brazo, hay un desgarro fuertísimo. Además la televisión mata por exposición, es más agresiva; la radio no, la radio te acompaña, no te invade. Siempre me preguntan con sorpresa por qué voy todas las mañanas a la SER si mi sección es tan corta, pero a mí me fascina el directo, me fascina aprender cada día allí, hablar con Pepa cara a cara sabiendo que esa charlita de dos la escucha tanta gente.

¿Trabaja demasiado?

No sé evaluar bien esa pregunta porque me gusta mi trabajo. No suena el despertador y me pongo a bailar de alegría, pero el enfado pasa rápido. Me estoy despertando para irme a trabajar al programa más escuchado del país: soy un privilegiado de la hostia. Cobro por algo que me gusta mucho hacer. El éxito es trabajar en lo que te gusta y sabes hacer, y poder vivir de eso. Luego te pueden ir mejor o peor las cosas, y siempre que te van mejor conviene pensar en cuando te vayan a ir peor. Nada más, por eso es tan importante la honestidad en este oficio: porque puedes hacerlo mal, puedes fallar, puedes joderla y sabes que siempre hay un momento en que la jodes, pero no puedes ser deshonesto. No puedes engañarte, no puedes venderte. Te irá bien un tiempo, pero un tiempo en este oficio son dos semanas.

¿Le suelen reconocer mucho por la calle?

No, apenas. Por la noche más: la gente está más suelta y le encanta hacerse selfies con Quique González.

¿Y eso no le incomoda?

No. De alguna forma he cultivado un personaje que he dejado caducar: el riesgo del viejo yo del que hablábamos antes. Una noche, hace años, le dije a Nacho Escolar que cogiese el coche para volver a casa y me dijo que ni de coña, que condujese yo porque si me paraban a mí me venía de maravilla. Esa cosa de jugar con el personaje. El caso es que yo he tenido dos siniestros totales cuando tenía 20 años, y tengo pocas certezas en la vida, pero una de ellas es que no soy un gato. A la tercera me voy yo o, peor aún, me llevo a alguno, así que llevo veinte años sin conducir si he bebido algo, por poco que sea. Y ahora directamente no tengo coche.

¿Cree que la impostura del escritor es premeditada?

Después de publicar Irse a Madrid me hicieron unas entrevistas que parecía que a los 23 años era el único que salía de fiesta en toda España. Pero vamos, tengo casi 40, un hijo y una alarma a las siete de la mañana todos los días. En Los idus de Marzo de Thornton Wilder leí una frase muy interesante y más antigua que el libro: «Es imposible no convertirse en la persona que los demás creen que eres». Esa proyección siempre ha interesado, de mí y de cualquiera. Algo así como: “Si tienes pelo a los 40 años qué haces que no lo estás enseñando en los bares”.

¿Nunca ha escrito borracho?

Alguna vez, pero el resultado es muy malo. No tan malo como sobrio, pero casi.

Su proceso de escribir, ¿cómo es?

Soy poco disciplinado. Escribo muchísimo, eso sí, sin teclear. Yo camino mucho, y en Madrid más. Me pongo los cascos y camino sin rumbo una o dos horas. Y ahí escribo, a veces párrafos enteros. De vuelta a casa se van perdiendo, pero siempre rescato algo que puedo teclear.

¿Y por qué no escribe más?

[Silencio]

Falta de concentración. Es triste hablar de esto, si lo piensas bien. Pero es el motivo por el que dejé de estudiar o el motivo por el que me dejan mis parejas o el motivo por el que de repente me quedo dos días en cama: no me concentro. Pero vamos, es un tema a evitar. Está yendo mejor, escribo más y hago más cosas buenas: presto atención.

¿Cómo sabe si lo que está escribiendo es bueno?

Tengo dos virtudes: escribo muy rápido y mi gusto por cierta escritura y cierto humor es muy normalito, muy de la calle, así que supongo que coincide con el de mucha gente. Eso tan simple de “escribe algo que te guste leer a ti en los demás”.

Wilde decía que es peligroso que un escritor no tenga enemigos. 

¿Entre los críticos?

Sí.

Yo no conozco a ningún crítico.

Por lo general, nadie habla mal de usted ni de sus libros.

Es una pregunta que no puedo contestar yo. Personalmente no suelo dar motivos para que nadie hable mal de mí: voy por ahí bastante ligerito sin más ambición que poder vivir tranquilo, divertirme con mis amigos y no joder a nadie. Tampoco quiero nada que no tenga, ni aspiro a otra cosa que a escribir. No me gusta el poder, ni para ejercerlo ni para merodearlo, tanto en las empresas en las que he estado como en cualquier institución. He estado 15 años en la redacción de un periódico dignísimo, Diario de Pontevedra, en donde no fui nada, ni coordinador de la sección de esquelas. Uno vale para lo que vale. También es cierto que cuando tienes relevancia pública habrá quien se dirija a ti con una idea preconcebida. Esto pasa mucho: la gente a la que no le gusta lo que escribes intenta a toda costa que le caigas mal. Y al que le gusta lo que escribes parte con una expectativa a la que yo no suelo llegar. Además, escribo en El País y hablo en la SER. Asumo el riesgo, lo que no puedo pretender es no recibir críticas, insultos o lo que sea que se hace con alguien en una posición como la mía (…) Lo que peor llevo es no contestar mails e incluso no llegar a leer algunos. Hago lo que puedo, pero todo, hasta lo más pequeño, me cuesta un montón. Y me bloqueo con frecuencia. Supongo que a gente a la que no respondes puedes caerle mal. Pero no lo hago por considerarme nada, es que a mí ciertas situaciones me abruman, y me colapso. Por eso todas las energías las pongo en el trabajo. Porque si no todas las semanas andaría de un lado a otro atendiendo compromisos. Hay que seleccionar. Vivo de mi trabajo, no de esta entrevista que está durando hasta el infinito, o eso me está empezando a parecer a mí.

Usted escribió el himno del Madrid. Lo acepta en el primer momento, ¿no?

No, no. Lo tuve que pensar porque nunca había hecho algo parecido y para un madridista enfermizo eso era una cosa tremenda.

También escribió poemas.

Sí. Los tiene mi madre bajo llave. “A mi madre, mi primer amor”, lo dediqué. Hoy estaría investigando nuestra relación la Fiscalía.

¿Y no le gustaría publicarlos?

No, hombre, ni de coña. Si me asusta publicar el artículo de ayer, imagina un poema llamado Satidroul, que es el nombre de mi primera novia al revés.

 

 

Conversación mantenida en mayo de 2016.
Entrevistadores: Gonzalo Sevilla y Carlos Barragán.
Ilustradora: Susana García.

 

 

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